Los masones, como cualquier organización que se precie, tienen en alta estima la fidelidad. La fidelidad es fundamental para que los lazos de unión permanezcan firmes ante las dificultades y para que la jerarquía no se rompa, porque si se rompe la jerarquía se desmorona la organización.
Además, los masones, como hombres honorables que son, tienen la obligación de respetar esa jerarquía que, por supuesto, también ha de ser honorable. En realidad, la fidelidad no es otra cosa que lealtad a lo honorable.
Lealtad a lo honorable.
Exactamente, lealtad a lo honorable. Que no se olvide: LEALTAD A LO HONORABLE. Y esa lealtad bien entendida es lo que deben interiorizar todos aquellos masones que están convencidos de que “la fidelidad debida” tiene que ser inalterable, pase lo que pase. Precisamente eso es lo que más desean los dictadores, que “la fidelidad debida” esté por encima del bien y del mal para que ellos puedan mantenerse en lo más alto, hagan lo que hagan.
Y ese claro concepto de LEALTAD A LO HONORABLE, también deben interiorizarlo los que prefieren ponerse “de perfil” para evitar problemas, los que son capaces de vender su dignidad y su honor por un mandilón o por un oficio atractivo y los que creen que ponerse del lado del poder siempre les va a traer beneficios. Esas son actitudes nada dignas para un masón. Los masones tienen que ser hombres de honor, y los hombres de honor jamás entran en connivencia con quienes rompen a diario la dignidad de la organización y su propia dignidad.
Hay masones que dicen no estar de acuerdo con lo que hace la persona pero al mismo tiempo se sienten obligados a respetar el cargo que ostenta, y creen que su deber es ser completamente fieles a ese cargo superior. Pero no se es más ni mejor masón por obedecer ciegamente al cargo, porque si el cargo lo representa un felón, a lo que se está siendo fiel no es al cargo sino a sus felonías.
Óscar de Alfonso ha llevado a la GLE a un grado tal de corrupción, que la ha convertido en una cloaca de arbitrariedades, injusticias y malas formas que la está destruyendo. Entre sus mejores colaboradores hay demasiados infractores contra la Administración, demasiados presuntos delincuentes investigados por la Justicia y demasiados condenados, mientras que los auténticos masones, los masones de verdad, los masones honrados, los masones de calidad y prestigio son apartados por los impresentables secuaces de este Gran Maestro o se tienen que marchar de la GLE porque no soportan su olor a podrido.
Todos esos masones que se ponen “de perfil”, que ambicionan mandilones o que se sienten seguros al lado del poder, que miren dentro de sí mismos, que busquen a su conciencia y, cuando la encuentren, que le pregunten: “¿Hago bien?” A ver qué les responde.
Cuando en los puestos más altos de la jerarquía la honorabilidad se ha perdido, forzosamente también ha de perderse la lealtad y la fidelidad que se les tenía. No hacerlo es convertirse en cómplice.
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