No hay malas hierbas ni hombres malos; sólo hay malos cultivadores (Victor Hugo).
Y desafortunadamente en la G.L.E. hay cada vez peores cultivadores de una simiente que, como los baobabs exuperianos, amenazan con arruinar a la Masonería “regular” en España.
En una G.L.E. en progresiva escalada a delicadas cotas de belicosidad, los adversarios (por refractarios) son principalmente librepensadores que en su camino masónico se han negado a consentir que su libertad sea, caprichosa y azarosamente, recortada.
Muchos de estos hombres de buenas costumbres (no digo mujeres, por la consabida oposición de la G.L.E. a su inclusión, o lo que es lo mismo, a la defensa de su exclusión), tienden a ser considerados ávidos enemigos de la Luz verdadera, sostenida por sacrificados conmilitones regulares de grueso mandil, con el Muy Respetable Gran Maestro a la Cabeza.
Término, por cierto, el de “irregular”, patentado por la G.L.E. para referirse a Hermanos de otras Obediencias no adheridas a la Gran Logia Unida de Inglaterra, vocablo hórrido, despectivo, doloso y excluyente que, como tal, debiera desterrarse del vocabulario masónico por el bien de la fraternidad universal y por respeto al principio de igualdad.
Muchos de estos hombres, libres, fueron esperanzados recipiendarios sometidos en sus primeras etapas de aprendizaje y crecimiento a un método de control e instrucción, que en la mayoría de los casos ha acabado con el hartazgo, la indolencia y la aversión a la Orden, además de a un profundo estado de melancolía (los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía).
Muchos de estos hombres, honrados, no han podido trabajar adecuadamente la piedra, más preocupados por distinguirse de la irregularidad, que de emprender el fructuoso camino bajo el método masónico.
Y lo más doloroso, este proceso de destrucción y demolición de la piedra bruta está causando innumerables bajas en todos los grados, hartos del calco profano que paradójicamente encuentran a cubierto.
A la vista, por tanto, del transvase de hermanos de la G.L.E. al resto de Obediencias masónicas, y lo que más preocupa al Muy Respetable Gran Maestro, de la fuga de capitaciones con la que alimentar sus viajes “piscitucionales”, la estrategia de afiliación y conservación de masones en la G.L.E. ha vuelto a recrudecerse.
Como los persas en Gaugamela, el M.R.H. Oscar de Alfonso considera que cuantos más miembros entren con capitaciones bajo el brazo mejor. A estas alturas de mandato, el ávido lector ya se habrá percatado que #chupar #cocos en exóticos manantiales brasileños, no es una actividad que se regale junto a los “amenities” en un hotel, aún sea un hotel a la altura del “jefe de la masonería mundial”, como el mismo Óscar de Alfonso se autocorona.
Sin ánimo de desviarme, (lo que, por cierto, el Gran Maestro hace respecto del presupuesto brillantemente), el motivo de estas líneas es, de momento, denunciar con profundo pesar y sin ánimo de generalizar, (de hacerlo mentiría) cómo la G.L.E. vuelve a equivocarse enarbolando la bandera de la regularidad y trazando un camino a seguir, que se antoja nefasto para la supervivencia de la Obediencia.
En primer lugar, para seguir el camino de la regularidad en las aplomaciones a profanos, debe quedar perfectamente claro, si no cristalino, que la única masonería válida y apta para el crecimiento personal es la regular, y aunque por obligación \»moral\» haya que aludirse a otras Obediencias, la cita debe ir encaminada a no desviar hacia ellas el camino del ilusionado aspirante.
Y en segundo lugar y dentro del ignominioso camino de formación que impone la G.L.E. a sus Aprendices, la subida de salario se condiciona a que el hermano sepa delimitar con ensayada solvencia lo que (se supone) es masonería “verdadera, unida y regular”, y lo que no serían más que chiringuitos masónicos, toscos y salvajes, erigidos por impúdicos sujetos expulsados de la G.L.E., muchos de los cuales han tenido que crear su propio cubil masónico para saciar sus indecorosas ambiciones.
Solo cuando se está seguro que un Aprendiz aborrece con probada intensidad la irregularidad, es apto para dirigirse a otra Cámara.
Año tras año, Aprendices y Compañeros son apremiados a repetir en sus planchas y reflexiones el mismo mantra: “la Masonería es Masonería si es regular, y si no, es otra cosa, pero no es Masonería”. Masón-irregular es considerado un término antitético y por consiguiente, vituperable.
Hasta tal punto llega la intrusión de estas semillas de discordia en las logias, que algunos talleres de formación de Aprendices o Compañeros (e incluso de Maestros), no son impartidos por los respectivos Vigilantes, menos beligerantes contra el prosaico irregular, sino que el encargado de la formación es un “Preceptor”, cuya misión es dictar los cauces por lo que debe guiarse “la formación masónica”, limitando e incluso anulando el juicio de los Oficiales de la Logia, incluido el del Venerable Maestro.
Es el caso, por ejemplo, del Gran Maestro de la Provincia de Madrid, el R.H. Javier Escalada, incondicional de los postulados del Gran Maestro de la G.L.E. (y postulante al trono), que ostenta en Logia el cargo, auto creado y prácticamente auto asignado, de Preceptor.
Tal alta es su animadversión al irregular, que el Gran Maestro Provincial prohíbe visitar templos y salas de ágape de aquellas Obediencias que no tengan Tratados de Amistad con la Gran Logia Unida de Inglaterra.
Destáquese que no nos referimos a compartir trabajos de otra Obediencia, juramento que en la G.L.E. se formula ab initio, sino exclusivamente a permanecer en un recinto “que tenga compases y escuadras colgados, porque de alguna u otra forma”, dice el Gran Maestro, “son parte de un templo irregular”.
Olvida el RH Javier Escalada, que las puertas de la Logia se abren a hombres y mujeres libres y de buenas costumbres y por este motivo, los representantes de la G.L.E. no pueden recortar caprichosamente la libertad inherente a cada individuo, y mucho menos en beneficio de una frívola contienda entre Hermanos y Hermanas.
Es más, al contrario de lo que postula el RH Javier Escalda, las escuadras y compases, niveles y plomadas son instrumentos para el trabajo diario del masón y, estén donde estén, no hacen sino sublimar la Orden y enorgullecer a sus miembros. No hay compases salvajes ni escuadras irregulares.
Y es que el librepensamiento no tiene cabida en esta G.L.E. de adorno y oropel, no ya en grados iniciales sino tampoco dentro de la propia maestría. Los Maestros se dan de baja por decenas, y no porque hayan encontrado la Luz de los misterios masónicos, sino porque aherrojados en un postulado único y dogmático, no encuentran explicación ni sentido alguno al submundo obscuro y profano creado por la sombra que proyectan sobre la Orden los grandes mandiles de la G.L.E.
T.A.F.
Artículo firmado por: \»H. Cartabón M.M.\»
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