– Buenos días, Ilustrísima. ¿Tiene usted un momento?
– Hola, buenos días, don Joaquín. Pase, pase usted. ¿Le apetece un café?
– No, muchas gracias, señor obispo, ya sabe que por la mañana no tengo un respiro.
– No se preocupe, todo a su tiempo, la prisa no es buena consejera, no se agobie. Ya he firmado la carpeta que me pasó ayer y no veo ningún problema. ¿Hay algo más pendiente?
– No, nada de importancia. Quería comentarle una carta muy curiosa que le han escrito. Nada de importante pero sí curioso.
– Cuente, cuente.
– Pues mire, el caso es que le ha escrito un tal Óscar de Alfonso, no sé si le suena…
– No. ¿Quién es?
– Parece que el Presidente de los masones españoles.
– ¿De los masones? Caramba. ¿Y qué quiere?
– Bueno, léala Su Ilustrísima, que es simpática.
– A ver, traiga. A ver.
– Le da una conferencia sobre Maimónides, por si no sabe quien fue Maimónides.
– A ver, déjeme un momento. Ja, ja, ja…
– Sí. A mí también me hizo gracia. Ahora con internet… ya sabe, todo el mundo es cultísimo.
– Espere, espere, don Joaquín, deje que la termine. ¿qué es eso de una logia y los franciscanos?
– Lo he preguntado: al parecer, firmaron un convenio o algo así para temas de Beneficencia con los monjes de la Cruz Blanca. Cuando nos enteramos les dijimos que una cosa era la caridad y otra la publicidad, porque esos señores masones ya se habían apresurado a publicarlo todo, ya sabe…
– Ah. Por eso me echa la culpa de que se haya roto el convenio. Siempre tiene la culpa el obispo. Lo de siempre, don Joaquín. Pero tengo cierta curiosidad por saber algo de esta logia o gran logia, como la llaman.
– Don Demetrio, ya sabe que allí están M y N. Se lo comenté un día, no sé si lo recuerda.
– Sí, algo recuerdo… Pero, verdaderamente, esto de los masones me suena a antiguo. Y luego dicen que el antiguo soy yo.
– Esa logia, la Gran Logia de España es de la masonería digamos “tradicional”, no es la de los revolucionarios. Son gente más bien conservadora.
– Ave María Purísima, no sé si se puede ser masón y eso que dice usted, don Joaquín. Seguro que están detrás de la homosexualidad, el aborto y la destrucción de la familia… Siempre fue así, recuerde la historia.
– Ahora tienen poca importancia, Ilustrísima, son pocos y, si se me permite, mal avenidos.
– Pero, ¿y quién es este señor que firma la carta?
– Sabía que me lo iba a preguntar Su Ilustrísima. Es un abogado valenciano poco conocido. Pero mire, le he preparado una carpetita para que vea de quién se trata, ahora con esto de internet todo queda registrado.
– Sí, fíjese que todavía me echan en cara lo que dije en 1960 sobre la UNESCO y los homosexuales; puede que no me expresara bien o que no me quisieran entender, pero es verdad y usted lo sabe, se lo conté, don Joaquín. A ver páseme esa carpeta que le veo una sonrisa maléfica. Seguro que es interesante.
– No exactamente, señor obispo; interesante interesante, no, pero sí curiosa, se va a reír Su Ilustrísima.
– A ver.
– Tome.
– ¿Y esto? ¿Quiénes son estos señores desnudos?
– No, ilustrísima, seguro que llevan bañador, están en una piscina y son jefes de los masones, el calvito es el de España. Siga, siga mirando.
– ¿Y eso? ¡van con mandil y todo!
– Claro, señor obispo, son masones, es su uniforme.
– Pero ¿qué hacen en la foto?
– Al parece es una costumbre de este tal Óscar, se hace muchas fotografías parecidas y todas de uniforme.
– Pero ¿esto es una costumbre de los masones?
– Por lo que hemos podido ver, no. En otros lugares se hacen fotografías muy seriecitos, sobre todo los ingleses.
– ¿Entonces?
– Este señor es así. Digo Óscar de Alfonso. Yo no quisiera equivocarme pero creo que aquel día que comimos con don XX, en Madrid, algo nos contó.
– ¡Y bien que comimos, que Dios me perdone!
– Sí, así es señor obispo, por la gracia de Dios, que de vez en cuando es generoso con sus servidores. Pues por ahí empezó la conversación. Parece que don XX conocía a este jefe de los masones.
– ¿Don XX?
– Sí. No es su amigo pero hay alguna relación. Creo que, en cierto modo…, no sé cómo decirle…
– Diga, diga.
– Bueno, pues que don Óscar de Alfonso piensa de las cosas terrenales, de lo social, de lo político, muy parecido a Su Ilustrísima, salvando las distancias, claro.
– No diga esas cosas, don Joaquín, no bromee, que esto es más serio de lo que parece.
– No lo tome a mal, señor obispo. Mire, para serle franco, hay quien dice que este señor, el abogado este, tiene la encomienda de promover la autodestrucción de esa sociedad secreta, de acabar con esa secta que tanto ha atacado a la Iglesia durante siglos.
– Pero ¿son peligrosos?
– No, qué va. Son pocos y hay muchos como su presidente, Óscar. Pero, por si no bastara, la mayoría la tiene en contra. Parece que es poco ejemplar y que le gusta el dinero que administra.
– Bueno, acabemos, don Joaquín, que hay que trabajar.
– Le dejo, Ilustrísima. Por cierto ¿quiere que respondamos la carta?
– ¡Qué cosas tiene, don Joaquín, hoy quiere provocarme, sin duda! Por favor, archívela o tírela al cesto de los papeles y no me haga perder el tiempo.
– Ciertamente que solo quería entretenerle para que Su Ilustrísima empezase el día con una sonrisa. Buenos días, señor obispo.
– Buenos días, don Joaquín.
Artículo firmado por: \»H. Fray Gerundio de Campazas\»( Para enviar información o publicar artículos, envíenlos a transparenciamas@gmail.com )No se admiten archivos adjuntos con virus ni phishing
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