Érase una vez una empresa de pequeño tamaño, comparada con otras del mismo sector, que se llamaba GLESA. Su consejo de administración elegía cada cuatro años a un gerente, que tenía que ser uno de los miembros del consejo.
Aunque la compañía ya tenía 41 años, no habían tenido mucha suerte y casi todos los gerentes habían dejado las cuentas corrientes con muy poco dinero y las fábricas con una producción mínima.
En 2010 eligieron un nuevo gerente que era más joven que los anteriores y había ascendido muy rápidamente: en cinco años había pasado nada menos que de peón a director de una de las divisiones más importantes de la empresa. Aunque había serias dudas sobre su lealtad a los compañeros y a la propia compañía, no se expresaba correctamente y sus conocimientos sobre el producto que se fabricaba eran muy escasos, sin embargo parecía dinámico y alegre, era bromista y hablaba inglés, lo que facilitaba las relaciones con algunas fábricas.
Se llamaba Odilio Archibaldo Ortera.
Por la época en que fue nombrado, la empresa atravesaba una época de conflictividad. Todas las fábricas del grupo, los accionistas y la mayoría de los sindicatos estaban hartos de enfrentamientos y de reclamaciones. Odilio Archibaldo Ortera, a quien llamaremos OAO, no hizo nada durante los cuatro primeros años, no importunó a nadie, no exigió más producción ni más calidad y todos los descontentos se calmaron, tanto que algunos se atrevieron a decir que OAO había hecho una gran gestión aunque, en realidad, se había limitado a no hacer nada, a no presionar a nadie y a colocar en el Consejo a los jefes de los sindicatos.

Desde el principio, tanto el Consejo de Administración como el resto de los accionistas observaron que a OAO le gustaban dos cosas: mostrar sus fotografías en las redes sociales y viajar. Odilio no trataba bien ni a los accionistas ni a los consejeros: con frecuencia les gritaba para darles órdenes o se reía de ellos en público, y hasta llegó a gastar bromas obscenas a la esposa de alguno de ellos. Pero OAO presentaba al Consejo unos resultados excelentes. Un miembro de su staff, que se llamaba Yallueve Tintilín, mostraba unas diapositivas con gráficos que indicaban un crecimiento espectacular de la producción. El gerente llegó a ocupar cargos de relumbrón en Organizaciones Empresariales y muchos gerentes de otras empresas lejanas y más grandes acudían anualmente a la reunión del Consejo de GLESA.
Las cuentas eran espectaculares, cada vez había más dinero en caja. Los accionistas recibían periódicamente un resumen de la contabilidad, pero casi no lo leían, solo miraban la última línea; el dinero que tenía GLESA. Había un administrador, un buen hombre que procuraba no tener conflictos con el gerente ni con los accionistas.
Todos los accionistas invertían una cantidad anual para capitalizar la empresa y poder competir en el mercado fabricando muchos y buenos productos, pero, a cambio, los accionistas no recibían nada. Pagar, pagaba hasta el último accionista, sin recibir otro beneficio que promesas y más promesas. El dinero estaba ahí pero no servía ni para reinvertirlo en la empresa y sus fábricas ni llegaban dividendos a sus accionistas. Solo Odilio disponía de lo que quería para su uso personal.
Cuando ya habían pasado casi 10 años del primer nombramiento de Odilio Archibaldo Ortera, OAO, los accionistas empezaron a murmurar, porque el gerente era poco respetuoso con ellos, además hacía campañas de publicidad muy peculiares que desprestigiaban el producto y se gastaba mucho dinero en viajes. Pero el gerente siempre lo justificaba diciendo que GLESA cada vez tenía más dinero.
Los accionistas empezaron a leer los informes de la contabilidad y comprobaron que, como decía OAO, cada vez había más dinero en las cuentas pero, en cambio, las fábricas no tenían dinero ni para la luz, algunas trabajaban a la intemperie, era obligatorio comprar la materia prima a la central y continuamente recibían la visita de subdirectores gerentes que daban órdenes y hasta pretendían dirigir la producción aunque los conocimientos de algunos de ellos se limitaban a los de simples peones.
La compañía, GLESA, solo gastaba su dinero en los viajes del gerente y en la fiesta anual que el gerente, OAO, ofrecía a sus colegas de otras empresas, por eso cada vez había más dinero en las cuentas: esos eran los únicos gastos, los de OAO. La producción no aumentaba y los productos que salían de la fábrica no resistirían un mínimo control de calidad, no eran competitivos. Odilio Archibaldo Ortera pensó que la culpa del descontento era del administrador tímido y puso en su lugar a un contable con fama de tramposillo, pero que quería llegar a subdirector y estaba dispuesto a maquillar los números a voluntad de OAO.
“Cada vez tenemos más dinero”, repetía Odilio, OAO. “Cada vez sois más ricos”, explicaba a los Consejeros y a los accionistas que asistían a las reuniones. Pero todos tenían que seguir pagando, los edificios y la maquinaria eran una ruina, el producto olía a putrefacto, nadie veía un euro y de nuevo comenzaron las polémicas y el malestar.
Odilio seguía viajando y algún accionista de otra compañía les dijo a los accionistas de GLESA que OAO viajaba invitado por la organización empresarial o por las fábricas que visitaba. Los accionistas de GLESA se enfadaron mucho porque su empresa seguía pagando los viajes de OAO. Los accionistas se dieron cuenta de que Odilio cobraba por gastos que ya habían sido pagados.
“Ya tenemos medio millón de euros”, dijo OAO un buen día. “Pedidme lo que queráis”, y todos entendieron que ese dinero, acumulado después de muchos años de no invertir nada, se destinaría a las fábricas cuyos capataces fueran amiguetes de OAO y estuvieran dispuestos a votarle para el siguiente periodo, aunque había prometido no repetir. Pero un consejero un poco más listo que los demás, al escucharlo, dijo en voz alta: \»No, Odilio no tiene el medio millón, el medio millón es nuestro, y si despedimos a Odilio lo podremos gastar en lo que queramos nosotros y no en lo que diga él\».
“Somos ricos”, repetía OAO, “Hay que levantar estatuas, tener canales de televisión, fundar universidades, darnos a conocer sin complejos por todo el mundo”, pero los accionistas seguían invirtiendo sin recibir nada y sin aumentar la producción. En la fábrica más grande de la corporación, los obreros tuvieron que pagar una cuota aún mayor, porque OAO retiró todas las transferencias monetarias que hacían desde la central. No se invertía en nada, no se gastaba en nada más que los viajes del Odilio Archibaldo Ortera y en los hoteles, las comilonas y los taxis de los amigos de OAO.
Las fábricas pararon: ya no podían producir nada de nada y los edificios se caían. Las fábricas se pusieron en huelga y los consejeros de administración decidieron que había que cambiar al gerente. Pero OAO llegó a un acuerdo secreto con un sindicato amarillo y quiso resistirse. Había muchos accionistas y consejeros que estaban de acuerdo con cambiar al gerente y solo hablaban, hablaban y hablaban… pero como \»no querían líos\» preferían mantenerse al margen. Sin embargo, los Consejeros, hechos una piña y de acuerdo con los accionistas, no cedieron.
Odilio Archibaldo Ortera fue despedido de GLESA.
Artículo firmado por: \»H. JE Berzos\»
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